La empatía del Presidente

uando alguien basa su ascenso y permanencia en cualquier puesto de responsabilidad en el ataque a personas o grupos rivales, más que en un programa alternativo de gestión o de gobierno, la deriva de la antipatía, el rencor y el odio se genera casi de manera natural. El ambiente se tensa. Los rivales son antipatriotas, enemigos, traidores. No hay, en suma, muchas posibilidades de producir empatía. Y se nota. Cuando un gobierno falla en sus propósitos y objetivos, como es el actual en México, la antipatía se transforma paulatinamente en hostilidad y, peor aún, en aislamiento. Los fracasos se vuelven insoportables. Y las personas se vuelven prescindibles. Las vidas humanas son números, intercambiables. El gobierno de López Obrador dice estar preocupado por la gente. Pero las señales son otras. Parece estar más inquieto por su imagen, por su realidad alternativa, que por las numerosas muertes. Los y las médicos, los enfermeros y enfermeras, un día son retratados como héroes y otro como mercenarios. López Obrador se disculpa, pero un segundo después vuelve a atacar a ese gremio, como a cualquier otro que se haya forjado en el estudio y la preparación durante años. No hay empatía con los expertos. En cambio, se hace de manera permanente una especie de “elogio de la ignorancia”: los que ven todos los días que el sol le da la vuelta a la tierra, saben más que Galileo. A la falta de empatía con quienes están en la primera línea de batalla contra la enfermedad, se suma un desinterés por los enfermos y muertos. Este Presidente, a quien no parecía importarle el coronavirus, que no usa gel ni cubrebocas, no es capaz de acercarse, ni para efectos de propaganda, a un hospital cualquiera. Antes de eso, el gobierno parece estar dispuesto a que los más vulnerables caigan en aras de mantener a la economía. El crecimiento –dicen– no les importa. Y, sin embargo, lo privilegian por encima de la salud de la población. La prisa por reabrir la economía es, en el fondo, un desinterés por la población, sobre todo la más vulnerable, la sacrificable. La frase de que la pandemia le había venido a la 4T “como anillo al dedo” es la más significativa al respecto. Los muertos, en ese sentido, son solo un número, son vidas prescindibles, son una aportación a la causa. Por eso el Presidente ha convertido toda crítica en un ataque contra él y su gobierno. Los medios nacionales e internacionales, los médicos, los arquitectos, los ingenieros, los científicos, cualquiera que se atreva a criticar una acción de su gobierno (cosa que tendría que ser lo más normal en la vida democrática de la nación) son los conservadores neoliberales, enemigos de la transformación. Todo gira alrededor de él y su gobierno. El foco de atención ya no son los enfermos, los muertos, los hospitales y los agentes de la salud. Tan son prescindibles, que el Presidente los minimiza frente a aquellos, más numerosos, de la violencia cotidiana. Es curioso, incluso paradójico, pero a este Presidente populista, en realidad, el pueblo le tiene sin cuidado. Lo que cuenta es la imagen, las palabras dichas en las mañaneras y las vespertinas. Lo que importa es él.

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