Al interior de un Centro COVID. La metamorfosis del Hospital de Nutrición

El conductor no sabe que estoy escribiendo un reportaje sobre Nutrición cuando me subo al Uber. Como hacemos todos de manera inevitable, empezamos a hablar de la pandemia. El coronavirus. La incertidumbre. El miedo. Rodolfo teme, en particular, por su esposa. Estuvo a punto de morir hace dos años. Problemas de sobrepeso y una trombosis que se le fue al pulmón. Casi no la libra, me dice, pero la salvaron en Nutrición. ¡Ah, Nutrición! Ahí está. Sin buscar su mención, aparece, brota como faro cuya existencia da esperanza. ¿Y cómo les fue en Nutrición?, quiero saber. “Excelente”, dice Rodolfo, “es lo mejor que hay. Por suerte un amigo nos consiguió el lugar”.

Al llegar, no se ve como antes. Las calles afuera de Nutrición, que normalmente son bulliciosas y están llenas de gente, de taxis llevando pacientes, de familiares buscando transporte, ahora están desoladas. Las paradas de camión quedaron vacías. Al cruzar la calle, los puestos de garnachas se dividen en dos: los que cerraron quedando como cubos herméticos de lámina fría y los pocos que se mantienen abiertos, alimentando al personal de servicio de la zona hospitalaria y trabajadores de transporte. Sentados junto al comal humeante, mujeres y hombres platican detrás de sus tapabocas.

No recuerdo cuándo fue la última vez que visité antes de la pandemia. Pudo haber sido cuando acompañé a mis abuelos. Llegamos en taxi, antes de que fueran rosas, y tardamos varios minutos en acercarnos a la puerta por el tráfico que la propia entrada generaba. Mi abuela tenía cita de revisión para monitorear su diabetes e hipertensión, padecimientos en los que se especializan los médicos de Nutrición. Ese día, hace años, la fila de pacientes con cita y turno llegaba hasta afuera del hospital y se extendía sobre la banqueta.

Mi abuela recuerda aún a sus médicos. Los describe como magníficos. “Cuesta mucho trabajo que te atiendan ahí, no es fácil”, comenta. “Un médico muy bueno me hizo entrar”. Acudía a cita cada mes o dos meses, donde le daban seguimiento a todas sus complicaciones, refiriéndola con expertos en cada área. Después de años, dejó de ir porque las colas para entrar y la angustia por trasladarse hasta allá eran más pesadas que el riesgo de sus males. Pero la atención que recibía “solo la ofrecían en ese lugar”, dice.

Tal vez fui una vez más, después de eso. Cuando conseguimos, a través del conocido de un conocido, que me hicieran ahí un estudio de presión del cardias, esa valvulita en el esófago que dosifica el paso de comida al estómago. Para llegar a uno de sus consultorios, recuerdo haber estado en una sala de espera enorme, con hileras e hileras de personas, durante más de dos horas. ¿Sabía lo afortunada que era?, me preguntaron otros pacientes entonces. Sabía que era poco común conseguir una cita en cuestión de semanas en vez de meses. El estudio que me hicieron era de punta. Había sido una de las últimas medidas en una larga peregrinación por diagnosticarme.

“La influenza porcina no tenía la cantidad de complicaciones que vienen con el coronavirus, y para una población con enfermedades crónicas, el panorama a enfrentar se adivina complicado”.

Ahora ya no se ve así. Ha pasado poco más de un mes desde de que la OMS (Organización Mundial de la Salud) declaró que la crisis desatada por el nuevo coronavirus se trataba de una pandemia. Desde entonces, la enfermedad conocida globalmente como COVID-19 ha cobrado más de 150 mil vidas alrededor del mundo. Sistemas de salud enteros han colapsado, sin recursos suficientes para tratar a los infectados, mientras que los enfermos de otras condiciones, ante la emergencia, han pasado a segundo plano.

Ya no hay personas en la banqueta afuera del área de hospital de Nutrición; no hay citas, ni filas, ni pacientes esperado entrar. Cubrieron sus puertas de vidrio con telas y las tapizaron con anuncios relacionados al coronavirus. “Recomendaciones para quienes vienen con personas con COVID-19”, lee uno; “se invita a no acudir a citas programadas”, señala otro dirigido a pacientes de radiología; “¿qué hacer si vivo con alguien con sospecha de COVID-19?”, reza un letrero más.

Afuera de su puerta, donde normalmente aguarda una cola de pacientes, ahora hay una mesa bajo una carpa blanca. Junto, están sentados dos elementos de la Policía Ambiental de la Ciudad de México, con uniformes azul marino, chalecos antibalas, armas y cubre bocas; su misión es proteger. Sobre la mesa hay dos kits de equipo de protección médica listos para usar, por si los policías tienen que entrar en caso de una emergencia, que en este contexto puede significar una variedad de cosas. Hace poco más de una semana, por ejemplo, un hombre con COVID-19 recorrió los pasillos de un hospital en Oaxaca gritando y escupiendo para contagiar a otros.

Más allá del puesto de policías ambientales, sobre la calle solo se puede ver a Christian Reyes, un trabajador de intendencia con uniforme verde y tapabocas desechable que barre cabizbajo las hojas de la banqueta. Tiene tres hijos en casa, desde donde se traslada todos los días en camión. Le preocupa contagiarlos. ¿El tapabocas —pregunto— se lo dieron aquí? No. Lo consiguió por su cuenta. “Ojalá ya no tuviera que venir”, comenta, en una especie de súplica pronunciada en voz alta; quisiera alejarse lo más posible de un lugar al que normalmente la gente hace fila para entrar.

Mientras tanto, elementos de la Guardia Nacional pasan a bordo de pickups, vestidos con camuflaje y chalecos antibalas. Cargando rifles entre las manos, usan caretas protectoras para prevenir el contagio del coronavirus. Son 184 los centros de reconversión que atenderán el COVID-19 en el país y a los cuales se desplegaron elementos de la Guardia Nacional por seguridad. Dos camionetas pasan sobre una de las calles que dan acceso a sus entradas. Algunos de estos hombres tienen caretas caseras, hechizas, fabricadas con un corte aplanado de botella de plástico. En un solo elemento, se refleja en simultáneo la vulnerabilidad absoluta de la vida —protegida por una careta improvisada— y la capacidad inmediata para matar —con las armas entre las manos—. Ambas, la fragilidad y la letalidad se amasan de golpe ante esta imagen.

Elementos de la Policía Ambiental de la Ciudad de México guardan las puertas del hospital de Nutrición.

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Es de élite, pero no es fifí. No es que sea elitista; pertenece a una minoría selecta y su selectividad es consecuencia de la excepcionalidad, por la calidad del servicio que ofrece: ni un ápice menos que la excelencia médica. Además de brindar lo mejor de lo mejor, cobra lo que cada paciente pueda pagar. Sólo admite a quienes padecen enfermedades complejas. Por si fuera poco, también enseña y produce investigación de punta. Proporciones guardadas, tampoco todo lo que hace es ideal: siempre hay más personas esperando ser atendidas de las que realmente puede curar. La verdad es que, en ocasiones, no se da abasto. Aun así, no hay quien la deje de respetar. Es verdad que hay cosas que solo ella puede atender. Es hospital, centro de investigación y escuela a la vez. La precede su reputación. Le llamaría hospital si el sustantivo no le quedara corto. Es mucho más. A falta de alternativas, referirme a ella como institución parece lo más apropiado. Con “i” mayúscula, incluso: Institución.

Nació en 1946 bajo el nombre de Hospital de Enfermedades de la Nutrición. Desde un inicio, su propósito se definió como tripartita: ser referente en el campo de la medicina, lugar de innovación y centro de enseñanza. Es tan única la idiosincrasia de Nutrición que hasta tiene una mística propia. En 10 frases, a modo de verso, su fundador le inculcó principios como “luchar por el prestigio de la institución antes de por el propio”, y la mística caló. Se escucha en la manera en que sus estudiantes y empleados se refieren, aún hoy, a la Institución.

En palabras de una exalumna que pide no publicar su nombre, si estudias la residencia ahí “te ven diferente; te encasillan como algo especial”. Para esta doctora, la Institución le dio nombre, buena educación y prestigio. Asegura que es uno de los mejores lugares en el país para la especialidad en el campo de los médicos internistas, genetistas o geriatras. Explica, también, que la exigencia académica es alta, y en ocasiones puede ser humillante. A pesar de eso, habla de ella con lealtad. “Para mí es mi casa, siempre”, asevera, “y si tuviera que volver a elegir, volvería a elegir ese lugar sin pensarlo”.

No es la única, otros empleados se expresan igual. “Te lo meten en la cabeza, a todos, como afanador, cocina, camillero, enfermera, te dicen que es un privilegio estar ahí”, dice la exalumna. En consecuencia, piden que el trabajo de sus empleados esté a la altura. Y este sentido de pertenencia viene con un precio. La mística, esta guía de principios rectores, dicta poner por encima el prestigio para continuar con el cuidado a la salud y la investigación. Esa es la prioridad.

“Desde un inicio, su propósito se definió como tripartita: ser referente en el campo de la medicina, lugar de innovación y centro de enseñanza”.

Nació en 1946 bajo el nombre de Hospital de Enfermedades de la Nutrición. Desde un inicio, su propósito se definió como tripartita: ser referente en el campo de la medicina, lugar de innovación y centro de enseñanza.

Nutrición es uno de los hospitales-escuela más reconocidos entre los médicos residentes. Cada año, alrededor de 40 mil médicos generales en México presentan el Examen Nacional para Aspirantes a Residencias Médicas, con lo cual pueden obtener una de las plazas disponibles (cerca de siete mil). Además de ese examen, para concursar una plaza, hay una prueba extra por parte de la Institución. Solo hay 500 lugares para ese examen y la fila para presentarlo empieza afuera de las instalaciones a las 3:00 a.m. Al final, una escueta cantidad de 30 estudiantes de medicina interna, en promedio, obtienen un lugar por año. Los jóvenes médicos pelean por entrar a aprender. Además del examen, los requisitos incluyen un promedio mínimo de 8.60, entrevistas y, en algunos casos, cartas de recomendación y evaluaciones psicométricas. Aquellos que entran, pasan sus días persiguiendo, en grupos, a los docentes por los pasillos como peripatéticos de la medicina.

Tres décadas después de nacer, la Institución se agregó apellidos al nombre, convirtiéndose en el Instituto Nacional de Nutrición Salvador Zubirán para homenajear a su fundador. Y hace 20 años, no teniendo suficiente, añadió más palabras a su ya rimbombante título resaltando su expertise, terminado en: Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán. Al interior la conocen por el impronunciable acrónimo de INCMNSZ, pero para el grueso de los mexicanos es, y seguirá siendo, Nutrición.

La Institución pertenece al grupo de Institutos Nacionales de Salud y Hospitales de Alta Especialidad, que lidera el servicio a la salud en el país. El físico nuclear y ensayista Enrique García y García describió a la Institución hace un par de meses en una columna de opinión en el periódico Excélsior como “uno de los mejores centros de investigación y servicios médicos de nuestro país, si no, el mejor”. Ahí fue donde se realizó el vigésimo segundo trasplante de brazos en todo el mundo. Ha recibido al menos ocho veces el codiciado Premio Nacional de Ciencias y Artes, y hay quienes consideran que es el hospital de enseñanza más especializado de todo América Latina. Tiene incluso, un acervo de más de 500 obras de arte, según un recorrido por sus pasillos y salas, plasmado en un reportaje de Proceso.

Está ubicada al sur de la Ciudad de México, entre Avenida San Fernando y Viaducto Tlalpan, donde comparte la manzana con otros centros de salud de renombre. Pacientes de todo el país aspiran atenderse aquí condiciones crónicas y complicadas. Digo aspiran porque llegar al interior implica un vericueto difícil de navegar. Primero, se necesita una referencia de un médico donde indique la necesidad de ser atendido en Nutrición; con esa referencia, se accede a una preconsulta donde determinan si el padecimiento es lo suficientemente complejo. Esta espera puede durar varias semanas. Si se decide que el padecimiento sí es grave, entonces al paciente se le abre un historial médico, proceso que tarda otras tantas semanas más, y hasta después podría llegar a ser atendido. Tampoco sorprende que los filtros de entrada sean tales. Para un país con 120 millones de habitantes, en palabras de García y García, “la demanda de consultas médicas especializadas, análisis de laboratorio, diagnóstico por imágenes, y atención hospitalaria, supera con creces a la oferta”.

Esta Institución —de innovación, medicina especializada y enseñanza de punta— es sobre la que la gente asiente con aplomo al escucharla nombrar. Quizá justo por ser una líder en su campo fue una de las primeras en entender que era sólo cuestión de tiempo para que la pandemia llegara a México y, por eso mismo, previó y actuó en consecuencia.

Las calles afuera de Nutrición, que normalmente son bulliciosas y están llenas de gente, de taxis llevando pacientes, de familiares buscando transporte, ahora están desoladas.

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La Institución ha pasado por un proceso de reconversión. Se transformó voluntariamente, sometiéndose a un proceso de más de seis semanas. Se vació para poder recibir al COVID-19. La vida de quienes trabajan al interior cambió en un intento por salvar las vidas de quienes residen afuera. Esto la transformó en uno de los principales bastiones para recibir y rescatar a los infectados del virus SARS-CoV2 que, a la fecha se calcula mediante modelos epidemiológicos, ha infectado a más de 55 mil personas en México y más de 600 oficialmente han perdido la vida.

Ya había hecho algo parecido, años atrás, junto con el Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias, cuando fue de las instituciones pioneras en transformarse para atender la epidemia del AH1N1 en 2009. Pero la influenza porcina no tenía la cantidad de complicaciones que vienen con el coronavirus, y para una población de pacientes con enfermedades crónicas como cáncer, diabetes, hipertensión, e insuficiencia renal, el panorama que enfrentaría se adivina complicado. Desde el interior de Nutrición, se empezó a estudiar la situación global. En una pandemia donde se estima que el 80% de la población se va a contagiar (aunque algunos no presenten síntomas), nadie está exento de adaptarse a la nueva normalidad.

“Todavía la OMS no lo declaraba pandemia”, explica el director, el Dr. David Kershenobich Stalnikowitz en entrevista, refiriéndose a los instantes iniciales en que se dio cuenta que el COVID-19 llegaría al país. Cuando el virus salió de China y llegó a países europeos, “fue el primer momento en donde a mí se me vino a la cabeza qué pasaría si la epidemia llegaba a México y qué pasaría no solo en México, sino en mi instituto”.

A finales de febrero, o principios de marzo, inició la reconversión de Nutrición en un centro COVID. Los doctores no recuerdan con precisión la fecha. No se trató de una declaratoria agendada sino de un proceso paulatino. Uno que, de acuerdo al director, está todavía en constante evolución. ¿Fue el primer centro COVID del país? Prefieren no responder. Lo que sí tienen claro son los pasos que tuvieron que seguir. “Lo primero que supimos fue que Nutrición iba a ser centro COVID. Completo, no parcial”, recuerda la Dra. Marina Rull Gabayet, Jefa del Departamento de Reumatología. Y con esa decisión, “lo primero que tuvimos que hacer fue vaciar camas”.

Nutrición no se caracteriza por alojar muchos pacientes hospitalizados; en una jornada normal tiene aproximadamente 200 camas. De acuerdo al director, la Institución tenía 157 pacientes encamados al momento de tomar la decisión de reconvertirla. Para mediados de abril, Nutrición tenía 257 camas, las cuales, según Rull Gabayet, ya están ocupadas. Se estima que la peor parte de los contagios, durante la Fase 3 del coronavirus en México, llegará entre el 6 y 13 de mayo. La última actualización de la página del COVID-19 (lanzada por el Gobierno de la Ciudad de México) muestra la disponibilidad en los centros COVID. Pero todavía no termina abril y el ícono de Nutrición está rojo. “A capacidad”, dice una notificación bajo su nombre.

“La Institución ha pasado por un proceso de reconversión. Se transformó, sometiéndose a un proceso de más de seis semanas. La vida de quienes trabajan al interior cambió en un intento por salvar las vidas de quienes residen afuera”.

Entrada a la Unidad del Paciente Ambulatorio del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán (INCMNSZ).

Para vaciarla y poder mover a los pacientes hospitalizados, todos sus departamentos hicieron lo mismo: “agilizamos el alta de algunos pacientes, otros se fueron con cambios de medicinas o decidimos seguir el tratamiento de manera ambulatoria”, detalla la Dra. Rull Gabayet. Además de sacar a los de adentro, tenían que frenar el ingreso de nuevos casos. Los pacientes que llegan a urgencias por condiciones distintas no pueden entrar. Desde Nutrición los refieren a otros hospitales. El problema es que los sustitutos naturales como el Hospital General o el Hospital Juárez ya son centros COVID también. “Te vas quedando con pocas opciones”, explica la Dra. Rull Gabayet. Hacen lo que pueden por mandarlos a otros hospitales, intentando que la menor cantidad de pacientes quede a la deriva.

Además de vaciar la Institución y redirigir a quienes llegan, cada jefe de departamento presentó una lista de su personal con condiciones riesgosas: hipertensión, asma, diabetes, los mayores de 65 años. En general, se quedaron médicos y residentes, pero se fueron los estudiantes, pasantes y servicio social, investigadores, gente de intendencia, administración y fisioterapia. De los aproximadamente 3 mil 500 empleados de Nutrición, quedaron 2 mil 500.

Los que siguen yendo a trabajar dudan de quién pueda estar infectado y quién no. Hay gente que no se acerca a otra. “Todas las relaciones son mucho más ríspidas y todo mundo con la emoción a flor de piel”, explica Rull Gabayet. La verdad es que la gente no sabe si va a perder el empleo por no presentarse a trabajar.

Cuando el COVID-19 ya acumulaba centenares de defunciones diarias en ciudades como Nueva York, Bérgamo o Madrid, el gobierno mexicano empezó por aplicar medidas laxas ante la pandemia. Primero, sugirió una “sana distancia” al convivir con otros. Después suspendió todas las actividades no esenciales de la economía por un mes, junto con la memorable triple imploración del subsecretario de Prevención de la Salud, Hugo López-Gatell, en conferencia de prensa nacional el 30 de marzo: “quédate en casa, quédate en casa, quédate en casa” y su subsecuente remate, “y lo seguimos diciendo… quédate en casa”.  Después, la cuarentena inicial se extendió un mes. Para ese punto, más de 300 mil personas ya habían perdido el empleo formal en México, casi la mitad quedándose también sin seguridad social, sumándose a los 30 millones de mexicanos que antes del COVID-19 ya laboraban en la economía informal.

En la entrada al área de tratamientos ambulatorios de la Institución, instalaron un centro de triage; cualquier persona que llega ahí se evalúa para ver si tiene síntomas respiratorios. Si no los tienen, pueden pasar. Si los tienen, los mandan a la sección donde tratan a pacientes con COVID-19. Ahí los doctores deciden si la persona sale o sube a hospitalización. Esa área donde se atiende a pacientes con el coronavirus quedó aislada: es la que denominan “hospital COVID”.

Aun con todos los cambios, la Institución seguía teniendo unos cuantos pendientes por resolver, entre ellos cirugías impostergables. Hace una semana, finalmente, sus doctores realizaron la última operación. A partir de ese momento, la Institución se reconvirtió total y completamente en uno de los primeros centros COVID del país. La metamorfosis se completó.

Nutrición es uno de los hospitales-escuela más reconocidos entre los médicos residentes. Cada año, alrededor de 40 mil médicos generales en México presentan el Examen Nacional para Aspirantes a Residencias Médicas, con lo cual pueden obtener una de las plazas disponibles (cerca de siete mil).

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“En mayo me toca entrar a COVID”, así lo dice la Dra. Rull Gabayet. Entrar a COVID. Mientras la población mundial guarda cuarentena en un intento radical por alejarse del coronavirus, los médicos de la Institución se preparan justo para lo opuesto: para entrar a observar el daño causado por virus de frente, mirarlo a la cara, verlo a los ojos y medirlo. Analizarlo para anularlo, como una estrategia que permita erradicarlo de los pacientes infectados. Mientras todos los demás nos guardamos, a los doctores de Nutrición les toca entrar a COVID.

Esta sección la atienden de base los médicos residentes. “Ellos son el primer frente de batalla”, dice la doctora. En cuanto a los médicos internistas, como ella, el sistema consiste en rotaciones de 15 días continuos, seguidos de descansos. Al menos ésta es la logística actual, que puede cambiar si la situación empeora o si alguno de los doctores se llega a infectar. Si eso sucede, harán rotaciones de cuatro días por cuatro días, una y otra vez hasta volver a empezar. El único orden adentro es el de la posibilidad latente de un cambio; de pivote y reacción.

Cada hospital en México está viviendo la pandemia de manera diferente. Nutrición empezó a planear a tiempo, haciendo adaptaciones para hacerle frente al virus. Sacó a sus pacientes, dejó de recibir a los nuevos, aisló la zona donde se tratará a los infectados por el virus, y mandó a casa a los empleados en riesgo. Pero hay cosas que hacen que todos los centros de salud atraviesen por lo mismo: enfrenta retos impensables. Ninguno de los centros de salud tiene recursos suficientes. En todos hay incertidumbre al interior y, del exterior, todos esperan el momento de ser embestidos por la marea letal. Todos enfrentan, de la mejor manera que pueden, a esa enfermedad feroz ocasionada por un virus microscópico que, en su invisibilidad, no para de cobrar vidas.

Si la Institución fuera vista como un organismo o una persona, cada área sería una parte del sistema que le permite existir. Los trabajadores de intendencia serían su sistema digestivo, asegurándose de sacar todo lo tóxico para mantenerla con vida. Los trabajadores de la cocina serían sus arterias, bombeándole sangre. Los guardias de seguridad serían las defensas de su sistema inmunológico, protegiéndola de ataques externos. Las enfermeras jugarían un papel parecido a las emociones, permitiéndole cierto equilibrio ante las crisis; y los doctores jugarían el rol de sus pulmones, manteniéndola siempre con oxígeno, garantizándole poder respirar.

A pesar de todo, hay una diferencia abismal. Para la Institución, a diferencia de las personas, no hay un momento para “entrar a COVID”, porque tampoco hay un momento para salir. Para ella no hay descanso, no hasta que la pandemia acabe, si acaba, cómo acabe, cuándo acabe. Nutrición, quien supo que el coronavirus llegaría inevitablemente a sus puertas, opera bajo otra lógica. No puede entrar a COVID alguien que, como ella, ya lleva al virus por dentro.

*Esta es la primera entrega de una serie de textos sobre lo que sucede al interior del hospital y se publicará todos los martes durante siete semanas.

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